El lenguaje de la servilleta. La lucha por las buenas costumbres
Los buenos modales permiten comportarse con naturalidad y mostrarse seguro. Ayudan a gozar más de cada momento y reflejan respeto por el prójimo

foto base RitaE - Pixabay
El arte de comportarse bien en sociedad
Algunos especialistas y su lucha por las buenas costumbres
Sentarse bien. Tomar correctamente los cubiertos y distinguir cuáles son los indicados para cada momento. No apoyar los codos en la mesa. No separar los brazos del cuerpo. Conocer el lenguaje de la servilleta...
Comportarse bien en sociedad es un arte que no todo el mundo domina. Y lo alarmante es que el éxito social y laboral depende muchas veces del dominio de estas normas, según entienden los que dictan cursos y escriben libros sobre el tema.
"Los buenos modales permiten comportarse con naturalidad y mostrarse seguro. Ayudan a gozar más de cada momento y reflejan respeto por el prójimo", indica Pilar Cosentino, que publicó recientemente Gozar la vida y mejorar la imagen, de Editorial Dunken, y dicta cursos de cortesía social a empresarios, amas de casa devotas, modelos, artistas, deportistas, docentes y padres desorientados.
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El suyo no es un caso aislado, sino más bien el reflejo de un creciente interés por la materia. Así lo entienden en el Centro de Estudios Diplomacia (C.E.D.), fundado y presidido por Delfina Mitre, que lleva casi 20 años enseñando la "disciplina formadora de ciudadanos responsables y éticos" a través de los cursos El arte de recibir y protocolo y ceremonial. "No enseñamos buenos modales, eso se aprende en la infancia, en las mesas familiares que escasean en estos tiempos. El comportamiento social es una herramienta de trabajo cada vez más necesaria, tanto para los gobiernos como para las empresas. Son reglas escritas que dan orden, armonía y allanan las dificultades", explica Mitre.
Libros sobre protocolo, ceremonia, buenos modales y buena educación
También abundan las novedades bibliográficas: "El libro de la buena educación", de Bárbara de Senillosa; "Manual de los buenos modales", de Roberta Bellinzaghi; "Manual de la buena mesa", de Isabel Maestre; "De buena educación. Modales y protocolo social para el siglo XXI", de Alicia del Carril y Elisa Gill; "Ceremonia, protocolo, cortesía y buenos modales", de María Cristina Bugallo; "Saber ser, saber convivir", de Montse Soler, y un libro que ya es clásico, "Protocolo y ceremonial", de María Berisso.
"A la gente se la conoce en la mesa" y "cualquiera es un doctor, pero no cualquiera es un señor", son dos refranes que guían las lecturas. En estos libros hay apartados dedicados al papel del anfitrión, a la mesa y al invitado. El arreglo personal no queda de lado, lo mismo que cuándo abrir los regalos, cómo saludar, maquillarse y perfumarse (nunca en ese orden), los temas de conversación, los tabúes y la virtud del humor, entre otras cosas.
Más allá de los modales, el protocolo y el ceremonial contribuyen a forjar una imagen de país, y por eso se desvelan los entendidos con los mandatarios de dudosa educación. "Hay ciertas normas que se deben guardar, por más que todo evolucione. El que no lo hace está violando una ley. Quizás un saco abierto y una corbata floja no sean tan graves como llegar tarde a un encuentro o desairar invitaciones", critica Cosentino.
"Cómo será de importante el protocolo que pude ver en un video que a los jugadores de la selección china de fútbol les enseñaban a comer con cubiertos, con tanto rigor que la profesora repartía manotazos al que se equivocaba", cuenta Cosentino. En la Cámara de Comercio China dan lecciones de cortesía oriental para los occidentales que visitarán el país. "Enseñan, por ejemplo, que al recibir una tarjeta personal deben leerla, mirar a los ojos y recién entonces pueden guardarla", apunta.
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Cosentino lamenta la pérdida de algunas buenas costumbres, como la ley de precedencia, que indica qué lugar debe ocupar cada persona en la mesa. Más triste aún resulta la falta de respeto a los mayores, a los que no se les cede el paso ni el asiento, y se los somete a un tuteo innecesario. "Porque detrás de cada gesto estético se esconde uno ético. O una vieja tradición", destaca. Por ejemplo, la costumbre de que el anfitrión no debe sentarse de espaldas a la puerta de ingreso al salón viene de una época remota en la que el caballero podía ser tristemente degollado por un intruso de ocasión.
Otras modernas groserías: el lenguaje cifrado de los correos electrónicos y el uso discrecional del teléfono celular, que interrumpe conversaciones y suena cuando no tiene que sonar. Quizás en el futuro sean tema para libros y cursos.
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