La decente composición del cuerpo.
Ten cuidado cuando hables o escuches a otro, a que no hagas movimiento alguno del cuerpo, que no sea muy compuesto.

Siempre has de tener el cuerpo recto, ya estés en pie, ya sentado, o de rodillas; la cabeza algo baja por delante, sin inclinarla a una ni a otra parte; no la vuelvas con ligereza y cuando fuese necesario, vuélvela con gravedad y modestia.
No arrugues la frente y, mucho menos, la nariz. Cuando no hablas, no tengas la boca abierta, ni los labios demasiado cerrados; por lo que toca al aire del rostro, pon cuidado a que no parezca triste, severo o espantado, ni sobradamente jovial y abierto, sino gravemente alegre, gracioso y tranquilo.
No dejes desviar tus ojos acá y allá, sino tenlos algo bajos; a nadie mires con ojos desdeñosos y arrogantes; cuando hablas a alguno no fijes la vista sobre su rostro, sino tenla algo baja, singularmente si son personas a quienes debas respetar o de sexo diferente.
Evita siempre el ponerte en postura irregular, el tener aire melancólico o sobradamente halagüeño, el mirar fijo, el ademán poco serio, la cara menos graciosa y siempre severa.
Es grosera descortesía y ordinaria en los muchachos, tener las manos descompasadas, los dedos, por decirlo así, como baqueta de tambor como se tocan el órgano; el pie suspendido en figura de péndula.
Cuando las manos no están ocupadas, tenlas quedas delante, y nunca detrás, ni en las faltriqueras. Evita con cuidado los movimientos de espaldas, de brazos y de piernas.
Tanto como pudieres, no frigues las manos, no toques la barba, los cabellos, ni el rostro sin necesidad; no pongas las manos sobre el vestido o sobre las manos de otro; tenlas siempre en situación honesta.
No guardes largas las uñas ni las tengas sucias; no las roas jamás con tus dientes, ni las cortes tampoco con tijeras delante de otros, porque es cosa indecente e incivil.
Estando sentado ten los pies puestos igualmente en tierra, ni cruces las piernas ni las tengas sobradamente apartadas, ni las alargues lejos de la silla en que estuvieres; y cuando estés en pie sin caminar, no alargues un pie delante del otro.
Cuando te limpies las narices, que no sea con los dedos, sino con un pañuelo, ni las toques sin él, ni hagas mucho ruido ni mires jamás después de haberte limpiado lo que arrojaste al pañuelo.
Evita cuando puedas el toser y el estornudar con sonido fuerte y penetrante, y el hacer suspiro o ruido alguno con la boca, o con la nariz respirando, que pueda oirse por los circunstante, ni escupas jamás con estrépito.
Ten cuidado cuando hables o escuches a otro, a que no hagas movimiento alguno del cuerpo, que no sea muy compuesto. Sobre todo, no has de menear la cabeza para expresar tus pensamientos, ni hagas signos a cada palabra que digas u oigas, ni descanses o arrimes la cabeza en ninguna de tus manos, que es cosa indecente. Abstente con cuidado de varios pequeños gestos de la mano. No manejes sin necesidad el cuello, el ceñidor, los guantes, el pañuelo u otra cosa.
No hagas crujir los dedos tirándolos, ni te sirvas de ellos, ni de los pies tampoco, para imitar a los que tocan el tambor; y por último, estando en pie, ten cuidado a mantenerte firme sobre tus pies.
Guarda una honesta propiedad en tus vestidos sin afectación alguna, ni señal de vanidad; no te los mires estudiosamente, ni con sobrada frecuencia los ajustes y compongas sin necesidad.
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