Saludos, cumplidos y visitas. IV.
Los deberes del que visita resultan del objeto que se propone, el cual no es otro que causar una nueva sensación agradable al visitado.

Los saludos, los cumplidos y las visitas.
Te harías muy ridículo si para consolarte de la indiferencia que los demás te manifiestan figurases rechazar elogios que a nadie le ocurre tributarte, buscando de este modo el medio de asegurarte por lo menos el mérito de la modestia. A medida que no tendrás opinión exagerada de tu mérito estarás reconocido a quien procura animar tu modestia con el aura de la alabanza, o al otro que sin esperar de tí cosa alguna se muestra interesado en tus prosperidades. Y esto no debe olvidarse, porque hay hombres que consideran las congratulaciones de los demás como obligatorias, y cuando alcanzan algún cargo más importante tienen pretensiones que los ponen en ridículo. Las personas que se encumbran desde la más humilde esfera muestran mayor superioridad y jactancia que las otras que no estaban tan bajas, y esto es natural, porque en el primer caso la realidad del mérito es más dudosa que en el segundo.
Para terminar este asunto baste decir que las personas que se estiman en algo no hacen cumplidos sin motivo legítimo y no venden las caricias como una meretriz, ni reciben cumplidos de que no se conocen merecedores.
El general deseo de conversar con nuestros semejantes, la particular necesidad de distracción después del trabajo, el fastidio que nos asalta cuando no tenemos sensaciones vivas, la necesidad incesante de pedir consejos o ayuda, la amistad que nos hace grata la presencia de los amigos, la obligación de recordar a nuestros bienhechores que no los hemos olvidado, el respeto que merecen las personas que desempeñan algún cargo importante, las vicisitudes de la suerte que alegran y afligen a las personas que queremos y respetamos, han hecho necesarias en todos tiempos las visitas.
"El placer de una visita, hablando en general, es menor que el disgusto de suspender las propias ocupaciones"
Los deberes del que visita resultan del objeto que se propone, el cual no es otro que causar una nueva sensación agradable al visitado y disminuir lo menos posible las agradables que ya experimenta. De aquí se sigue que siendo las mujeres grandemente sensibles a la belleza exterior, la cortesía exige que te presentes a ellas lo más agradable y elegante que puedas dentro de los límites de tu estado. Siendo menor en los hombres la sensibilidad a la belleza exterior, cuando se visita a uno de ellos el deber relativamente al traje se limita a excluir todas las apariencias de la suciedad y no más; por tanto si el uso general no os impone un deber, sino os estimula el deseo particular de aparentar riqueza, basta que os presentáis con limpieza para estar seguros de no ser vituperados. La mujer en una visita debe presentarse con el rostro descubierto, porque el velo se opone al deseo común de leer en la fisonomía los afectos del alma, y de conocer bien las facciones del sujeto con quien se habla. Cuando el visitado es una persona profundamente apesadumbrada, la riqueza del traje sería una impertinencia muy desagradable.
Como las mujeres no suelen sentarse en el tocador muy de mañana, una visita temprano no puede ser, hablando en general, bien recibida, por lo cual la mañana no admite sino visitas de confianza y secretas, y las de simple formalidad no pueden hacerse antes de la una de la tarde. En Londres y en otros puntos las costumbres autorizan horas distintas, por lo cual conviene en cada nación estudiar los usos reinantes para no incurrir en renuncios, que no se perdonan fácilmente.
El placer de una visita, hablando en general, es menor que el disgusto de suspender las propias ocupaciones, y las horas mas ocupadas son las de la mañana, como aquellas en que son mayores las fuerzas restauradas por el sueño. Los ratos en que se detiene el curso de las cotidianas ocupaciones y deja lugar a la distracción son diferentes en las varias clases sociales; así es que la hora en que el profesor ha terminado su trabajo puede ser aquella en que el negociante prepara las cartas para sus corresponsales.
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