Los mentirosos y la urbanidad.
A nadie le gusta que le mientan o engañen, por lo que un mentiroso será mal visto en sociedad.

Los mentirosos y la urbanidad.
El don de la palabra se ha concedido privativamente al hombre, nobilísimo por su clase, superior a las de todos los animales, y sumamente elevado por el espíritu indivisible, inmaterial e inmortal que le anima. Entre todos los animales solo el hombre es el que habla; pues siendo concedida la palabra para manifestar el pensamiento, solamente puede hablar un ser que piensa, cual es el hombre. De aquí es que el hombre que cuando habla no manifiesta lo que tiene en el pensamiento, miente; pues va contra el fin paraque se ha instituido la palabra cual es comunicar aquello mismo que piensa, y no comunicándolo no hace más que engañar al sujeto con quien habla. Cualquiera, pues, que habla contra lo que piensa, y con ánimo de engañar, es un mentiroso.
Tal es D. C.C.; jamás dice lo que tiene en el pensamiento, y ha venido a formarse un hábito tal que su boca no se abre sino para mentir. Aun cuando refiera alguna cosa que en el fondo sea una verdad, la viste de ciertas circunstancias que o ya sea que la exagere, o ya que la disminuya, jamás la cuenta como es en sí. ¿Quién ha de fiar en las palabras de D. C.C.? Así como el hombre, cuya sinceridad y rectitud está bien establecida, se concilia la confianza de todos; así por el contrario aquel a quien se le ha observado que no habla como piensa, y se le ha sorprendido en mentira, siempre nos es sospechoso, y siempre recelamos de lo que habla; sucediendo lo que dice Aristóteles, el cual, habiéndole preguntado que es lo que ganan los hombres mintiendo, respondió: " que no se les crea aun cuando digan la verdad ".
Es tan amable la verdad que todos la quieren y la desean; de. modo que nadie gusta de que le engañen. Epamisondas, uno de los grandes hombres de la antigüedad, tenía tal respeto y amor a la verdad, que ni aun de chanza quería que se mintiese; y del amable Pomponio Atico refiere Cornelio Nepote, que nunca decía mentira, ni la podía sufrir.
En efecto, la verdad es el más precioso de todos los bienes; sin ella no hay buena fe, que es el fundamento de toda sociedad; y sin la buena fe no reina más que la perfidia, que es la peste de la misma sociedad. ¿Pero qué yo, dice D. C.C., ofendo a nadie con mis mentiras? Yo miento por el solo gusto de mentir, sin el menor designio de causar a ninguno el más leve perjuicio. ¿qué no ofendes a nadie? Te ofendes a tí mismo, no solo por la mala reputación en que estás, sino por lo que dañas a tu conciencia. Tu no tienes amor a la verdad porque jamás la dices. Contempla, pues, si es poco el daño que te resulta de tus mentiras. ¡Qué reputación tan vil! Reflexiona bien y estímate a tí mismo. Tus labios no profieran jamás mentira alguna, a pesar de cuanto pueda suceder. La justicia misma está en la verdad de las cosas; la mentira siempre es un mal.
¿Pero debemos decir siempre lo que pensamos? Esta es otra cuestión. Nunca debe el hombre hablar contra lo que piensa, pero no siempre conviene decir aquello que piensa. Saber callar a tiempo es un bello rasgo de prudencia con el cual conserva el hombre su reputación de integridad y rectitud sin ofender, a nadie; cuando al contrario, hablar cuando se debe callar, es una imprudencia, un defecto peligroso que ocasiona a veces daños irreparables. Presida, pues, la sabiduría en tus conversaciones; resida la prudencia en tus labios y te grangearás el respeto y el amor de todos.
-
17007

Aviso Los artículos "históricos" se publican a modo de referencia
Pueden contener conceptos y comportamientos anacrónicos con respecto a la sociedad actual. Protocolo.org no comparte necesariamente este contenido, que se publica, únicamente, a título informativo
Su opinión es importante.
Participe y aporte su visión sobre este artículo, o ayude a otros usuarios con su conocimiento.
-
La cortesía exige tener y mantener siempre las manos limpias, y es vergonzoso mostrarse con las manos negras y mugrientas.
-
Entre personas de respeto se deben guardar ciertas normas o reglas de urbanidad que no se deben descuidar.
-
Al lado de las reglas severas de la etiqueta y de los placeres ceremoniosos de una sociedad, hay que valorar la felicidad de la vida doméstica, y las satisfacciones pequeñas.
-
Las presentaciones son una muestra de fina deferencia y de cortés atención, el que la dueña de una casa facilitase el conocimiento y relaciones entre las personas que por vez primera se encontraban ante ella
-
Es bien entendido que la dueña de la casa pondrá todo el cuidado posible en romper el hielo entre los invitados, presentando a todos los que no se conozcan.
-
Los cabellos no son un adorno verdadero, sino en tanto que están bien limpios y tengan aquella flexibilidad viva que favorece las ondulaciones.
-
Cuanto menos están, los hombres ocupados en negocios propios, otro tanto quieren informarse de los ajenos.
-
La conversación es el palenque en donde se ponen a prueba todas las cualidades de talento, amabilidad y finura.
-
La conversación es el palenque en donde se ponen a prueba todas las cualidades de talento, amabilidad y finura.
-
Los secretos, la discreción y los halagos. Las acciones de las personas en sociedad.
-
El respeto que debe mostrar un niño en el templo y otros lugares religiosos se debe inculcar desde pequeño
-
Las reglas de urbanidad son las que fomentan y conservan las sociedades.

