Las reglas de la buena educación. Un viaje a través de la civilización de la sociedad
La evolución de las normas sociales es importante para no tener la sensación de que tratamos de seguir normas demasiado arcaicas o desfasadas para el mundo actual

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La sociedad se civiliza con el paso del tiempo
Las normas sociales y las maneras de comportarse en la sociedad evolucionan y un estupendo trabajo del sociólogo Norbert Elias, en su fascinante obra "El Proceso de Civilización" nos sumerge en un viaje a través de la historia de la buena educación y otras cuestiones sociológicas de gran importancia para la forma de comportarse en sociedad. El concepto de civilización, aparentemente simple, ha experimentado cambios profundos a lo largo de los siglos, marcando no solo diferencias sociales, sino también transformaciones culturales y un gran impacto en la sociedad. Han sido cambios significativos en las formas de vida, pensamiento, valores y costumbres de nuestra sociedad. Cambios que han servido y sirven para que las normas de conducta se adapten a las realidades de cada época.
En la Edad Media y el Renacimiento, los manuales de buenas maneras eran dirigidos principalmente a los niños y a las clases más altas como la nobleza. Con el paso del tiempo, muchas de sus recomendaciones nos parecen obsoletas o evidentes en el mundo actual. Sin embargo, estos manuales eran esenciales para la sociedad de la época, donde la palabra "cortesía" se refería a las costumbres de la corte, marcando un claro contraste con las formas de vida del pueblo llano. Conocer las reglas de cortesía y los buenos modales tenía un impacto significativo en la vida de las personas. Al hombre que tenía buenos modales y se comportaba bien en la Corte se le denominaba "cortés". A la mujer con buen comportamiento "cortesana".
Con la llegada de la modernidad y el deseo de igualar las clases sociales, las costumbres se mezclaron y la "cortesía" dio paso a la "civilidad", un concepto más igualitario. Aunque posteriormente, se empezó a hablar de "civilización", especialmente en el siglo XIX, cuando Europa se consideraba cuna de la civilización del mundo moderno y buscaba exportar sus valores a los países coloniales y a las clases más bajas de su sociedad.
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El comportamiento en la mesa era uno de los aspectos más destacados en los antiguos manuales de urbanidad y buenas maneras. Normas como no servirse primero, no revolver la comida en el plato o lavarse las manos antes de comer eran fundamentales en una época en la que los platos y las servilletas escaseaban -aunque no existían tal y como las conocemos actualmente-, y las manos eran la principal herramienta utilizada para comer. Las costumbres también dictaban no comer con la boca abierta ni hacer ruidos desagradables, como sonarse o escupir en la mesa. Eran innumerables las indicaciones que se hacían en estos manuales sobre los comportamientos poco adecuados en la mesa -y en otros contextos-. Cosa que aún persiste en los modernos manuales de etiqueta y buenas maneras.
El uso del lenguaje siempre ha estado sometido a una criba que distingue lo adecuado de lo inadecuado, reflejando la clase y la educación de cada individuo. Antiguamente, las personas de la clase alta dictaban las pautas de lo que debía decirse y censuraban o desaprobaban las "malas palabras" y las expresiones vulgares. Este enfoque tendía a separar a los nobles de los plebeyos, perpetuando la idea de que las palabras "bajas" eran señales de poca educación. Se asociaba la pobreza con la mala educación. Esta relación pobreza-educación se basaba en la falta de recursos, principalmente, y de tiempo para acceder a una educación de calidad. La mayoría tenía que trabajar a edades muy tempranas y dejaba de ir a la escuela. Su formación tanto académica como social era bastante deficiente.
La buena educación también implicaba un control riguroso de las emociones y los instintos. Convivir con otros requería reprimir impulsos y actuar de acuerdo con las expectativas sociales. El individuo creaba una fachada o imagen exterior que mostraba ante los demás, ocultando lo que sentía en lo más profundo. Se comportaba como quería la sociedad, como lo que esperaban de él. Este proceso de civilización, como lo describió Elias, erigía un muro entre el yo y los otros, promoviendo la autocontención en lugar de la expresión libre de emociones.
Es importante destacar que la rigidez de este comportamiento y este muro variaba según las circunstancias y las sociedades. Algunas comunidades exigían una hipocresía casi completa, mientras que otras permitían una expresión más genuina de las emociones. La civilización suele conllevar una serie de renuncias, y a lo largo del tiempo terminan aumentando el ocultamiento de la espontaneidad.
En la sociedad actual, tendemos a cuestionar estas normas de buena educación, buscando una justificación lógica para cada una de ellas. Algunas son claramente racionales, como el uso de cubiertos en lugar de las manos para comer, así como por razones higiénicas. Sin embargo, muchas otras parecen arbitrarias y anacrónicas, como las señales de respeto hacia la autoridad o las represiones de los sentimientos. Se tiende a la naturalidad. Pero, en muchos casos, esta naturalidad se está confundiendo con la mala educación y los malos modales. Hay que buscar un punto medio, un equilibrio entre emociones y naturalidad, sin caer en comportamientos fingidos o demasiado histriónicos.
El menosprecio hacia estas reglas de cortesía y urbanidad se basa en parte en la búsqueda de igualdad en una sociedad donde las clases sociales han perdido su antiguo poder. Hoy en día, las únicas normas generalmente aceptables son las que se derivan del respeto a los derechos humanos, y muchas otras son vistas como vestigios de épocas pasadas que pueden eliminarse sin problema sin que ello afecte a la convivencia. Aunque, no es todo tan sencillo como parece.
Debemos reconocer que las reglas de buena educación tienen un propósito importante en la educación de los niños. A través de prohibiciones y correcciones, se les enseña a comportarse de manera aceptable en sociedad, incluso si no comprenden completamente el razonamiento detrás de estas reglas. Educar es, en cierta medida, insistir u obligar, ya que los niños necesitan límites claros para sentirse seguros y comprendidos.

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La complejidad de las reglas de buena educación radica en su ambigüedad. No hay una concordancia, en muchos casos, de lo que se dice con lo que se hace. A menudo, individuos moralmente cuestionables pueden mostrar una educación exquisita, lo que plantea interrogantes sobre la autenticidad. Nos sentimos atraídos por la sinceridad y la autenticidad, pero también valoramos la seguridad que brindan las reglas de cortesía y las normas sociales. El buen ejemplo es uno de los mejores maestros que existen. Es un modelo y una forma de darle coherencia a lo que decimos, a lo que tratamos de enseñar.
Queda claro que las reglas de la buena educación son un reflejo de la evolución de la civilización a lo largo de la historia. Aunque algunas puedan parecer obsoletas, su propósito fundamental es proporcionar un marco de comportamiento aceptable en sociedad para la mayoría. Cuestionarlas es un ejercicio natural en la búsqueda de una sociedad más igualitaria, pero también debemos reconocer su importancia en la educación de las personas y la convivencia pacífica. La historia de las buenas maneras nos recuerda que la civilización es un proceso en constante cambio, donde las normas sociales se adaptan a las necesidades y valores cambiantes de la sociedad.
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