Del juego y la gente fina.
Por enemigos que seáis de esta diversión, la urbanidad exige que alguna vez toméis parte; por ejemplo, no es dado el negaros a hacer la partida al amo de la casa.

Del juego.
El juego entre gente fina no debe ser sino el desahogo y la tregua de la conversación.
Un hombre de mundo, no debe mirar jamás el juego como una ocasión de ganancia, ni fundar en él las esperanzas de sus progresos como sucedía en otro tiempo. Un hombre que hace trampas en el juego no es sino un pillo. En otro tiempo había más indulgencia en el juego, y se hacían trampas en el tiempo de Luis XIV, y no era cosa muy segura el jugar con los grandes de aquella corte.
Hace tiempo que el furor del juego parece que se ha apoderado de todo el mundo, porque se descansa del baile en la pieza de juego. Por enemigos que seáis de esta diversión, la urbanidad exige que alguna vez toméis parte; por ejemplo, no es dado el negaros a hacer la partida al amo de la casa; conviene pues saber manejar los naipes con gracia y jugarlos medianamente, evitando, sin embargo, aquel aire estudiado y de diestro en el juego que no conviene sino a los que lo profesan.
Jamás conviene un juego fuerte; evitad pues el perder mucho y el ganar mucho.
Aunque el juego no debiera ser en la sociedad sino una especie de desahogo y tregua a la conversación, por desgracia, no sucede así; porque ya no son las señoras mayores las que se ponen en un gabinete a jugar al mediator, sino que en todos los países se va advirtiendo que los hombres dejan solas a las señoras para pasar a la pieza de juego, y que como si fuera una bolsa pública se prefiere el dinero al placer. Pudiera pasar esto, si todos los que se acercan al tapete fuesen unos jugadores generosos; pero no sucede así. El uno, no se domina bastante a sí mismo, y la turbación o la alegría se pinta en su fisonomía tan vivamente, que pudiera muy bien abstenerse de echar los naipes, pues la contracción de sus músculos bastan a indicar los que tiene. Gana otro, y sus risas inmoderadas, sus exclamaciones, sus dichos tontos, fatigan tanto como lo pudieran hacer sus quejas y suspiros si perdiera.
"Los juegos de prendas suelen ser indistintamente deliciosos a los estudiantes, colegiales y enamorados"
Un tercero, revestido de la magistratura del juego suscita una dificultad a cada jugada. ¿Y qué diremos de los soplones y de aquellos que están echando en cara toda la noche a un jugador una falta que haya cometido, y de aquellos que ... sería nunca acabar?
Por poco aficionado que uno sea al juego exige, a veces, la política tomar parte en él, teniendo presente que en toda clase de juego la igualdad de humor es la primera de las cualidades, y un barómetro indefectible de urbanidad y de talento.
En aquellos juegos llamados de prendas en que las penitencias son casi siempre favores, todo el talento consiste en jugar al gana pierde. Estos juegos suelen ser indistintamente deliciosos a los estudiantes, colegiales y enamorados, y abrevian para ellos la lentitud de aquellas tertulias en que no se baila ni aun con el piano. Hay juegos que exigen actividad, movimiento y memoria; otros ingenio y finura. En todos debe procurarse mucha atención, delicadeza y reserva.
Hay hombres instruidos en estos juegos como puede haberlos en literatura. En cada reunión se ve uno que excede en la travesura de los juegos y en la imposición de las penitencias, y que ponen todo su esmero en hacer mérito su habilidad. Aquí también hay un escollo, porque vale mucho más manifestar su talento cuando llega la vez, y por lo demás participar simplemente de la diversión común.
En cuanto a aquellos que se aprovechan de la libertad de estos juegos para disparar rasgos satíricos, hacer cumplimientos fuera del caso, imponer penitencias penosas, que mariposean, por decirlo así, cogen a las señoras en la cinta o en el ramillete, y se fijan siempre en una misma a quien en tales juegos agasajan, solamente la consecuencia e ignorancia completa de los usos pueden merecerles perdón, cuando su edad no les sirva de excusa.
Pertenece siempre a las señoras la elección de los juegos de prendas, y el que los dirige debe cuidar especialmente de variarlos, no bien conozca que van ya cansando.
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