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Las buenas maneras, arma de seducción.

¿A qué se debe este renovado interés por los modales, incluso en una sociedad como la norteamericana, en la que se supone que justamente no importan tanto?

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Exactamente dos décadas atrás, esta redactora fue a pasar Semana Santa al campo en Entre Ríos de una amiga, donde, como corresponde, quedó mortalmente enamorada del hermano rubio, de ojos celestes y que, a los trece años, sabía manejar el rastrojero.

Aparentemente, los sentimientos eran correspondidos, informaron una multitud de primas. El incluso les había confesado qué lo había impactado de quien suscribe: lo bien educada que era.

Jamás hubo mayor golpe al ego.

Es verdad: había dicho "por favor" y "muchas gracias" varias veces. Pero esperaba haberlo seducido con la belleza de las decenas de trencitas hechas en el viaje desde Buenos Aires, o, al menos, haberlo impresionado con la valentía demostrada sobre Tronco o Fatiga, los caballos que invariablemente me tocaban ante la calidad de amazona.

Pero ahora resulta que el joven galán era un adelantado. Eso demuestran las librerías de Nueva York, donde una sección crecientemente importante está dedicada a la etiqueta, que se "vende" como la nueva arma infalible para conquistar corazones.

¿A qué se debe este renovado interés por los modales, incluso en una sociedad como la norteamericana, en la que se supone que justamente no importan tanto? Para empezar, hay muchos nuevos desafíos. ¿Invitar a salir con un mensaje de texto al celular? ¿Los correos electrónicos multitudinarios que anuncian un divorcio con los detalles de reparto de bienes acaban con rumores o son de una indiscreción aberrante? ¿Vestido blanco para segundas y subsiguientes nupcias?

Además, hay temas sempiternos. Por eso, a la manera del Conde de Chikoff y su hija Eugenia en la Argentina, hay clásicos, como el pesado tomo de Emily Post Etiquette, publicado por primera vez en 1922, que se actualiza periódicamente, y las compilaciones de columnas de Miss Manners (o "la señorita buenas maneras") que aparecen sindicadas en varios diarios norteamericanos.

Su principal obsesión es la vida privada, de la que en la actualidad "existe el mito de que uno de los placeres que ésta ofrece es la posibilidad de liberarse de las buenas maneras", escribe Miss Manners, y señala que la máxima contemporánea de "ser uno mismo" en general es un eufemismo para poder ser repulsivo, sobre todo en el hogar.

Claro que, aunque estrictas, ninguna de las autoras de estos best-sellers es una mosquita muerta. Por ejemplo, consultada sobre el mejor lugar donde guardar cartas de un amor ilícito, Miss Manners no se inmuta y asegura que hay sólo uno: "En la chimenea, entre troncos ardientes".

 

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