Los bailes en la Corte de Berlín
Se considera como una distinción especialísima ser invitado ser invitado a cualquiera de los bailes de la Corte

foto base Tama66 - Pixabay
Etiqueta palatina: la celebración de los bailes en el Palacio en Berlín
Curiosidades y normas de etiqueta para los bailes de Corte en Berlín
El cuidado especial que el emperador Guillermo pone en todo aquello que se relaciona con la etiqueta palatina no podía menos de dejar sentir sus efectos en una cuestión que tan íntimamente se relaciona con sus gustos, esto es, los bailes de corte que todos los años se celebran en la imperial residencia.
Estos bailes se distribuyen en dos categorías: los llamados grandes y los pequeños, siendo ocioso añadir que se considera como una distinción especialísima ser invitado a estos últimos, tanto más que el emperador y la emperatriz repasan por sí mismos la lista de las personas a quienes ha de convidarse.
Para los grandes bailes se lanzan de 1.200 a 1,500 invitaciones y para los pequeños tan sólo 400. Apenas Guillermo II subió al trono, dedicó singular atención a los bailes de corte, un tanto descuidados durante el reinado del emperador guerrero, del inolvidable Guillermo I, abuelo del actual soberano. Esto había observado con gran disgusto, en los bailes a que todavía asistía como presunto heredero de la corona, que los oficiales alemanes hacían por lo general muy triste figura, no sabiendo debidamente acompañar a una señorita en las vueltas de vals o de la mazurka.
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El joven príncipe propúsose remediar este mal, y apenas las riendas del listado le fueron entregadas dio las más severas órdenes para que ningún oficial que no supiera bailar con perfección asistiera a los bailes de la Corte, aunque hubiera sido incluido en las invitaciones que a todos los regimientos se enviaban. Estas órdenes se llevaron a cabo con tal rigor por parte de Guillermo II, que en más de una ocasión hizo aquél salir del salón de baile a algún joven oficial que no sabía distinguir una mazurka de un vals.
Tal severidad fue causa de que en los Casinos o Círculos a que asisten los militares se organizasen clases de baile, a las que con gran ardor se dedicaron los jóvenes oficiales.
Los maestros no se eligieron entre gente del oficio, esto es, entre bailarines asalariados, sino que los oficiales que más duchos estaban en el arte de Terpsícore se prestaron gustosos a enseñar a sus compañeros, no tan solo las danzas más en boga, sino todas las normas de etiqueta que son imprescindibles en las fiestas palatinas. Una de estas reglas de etiqueta es que en la corte jamás se baila el vals propiamente dicho, el vals acelerado, sino una galop en dos tiempos, que se ejecuta con música de vals. Otras de las reglas prescriben que cuando una princesa de la casa real sale a bailar, todas las demás parejas deben cesar en su diversión, a cuyo efecto el maestro de ceremonias hace una señal a los gentiles hombres de servicio, los cuales golpean a un tiempo el suelo con sus bastones.
Los bailes de corte se abren invariablemente por un Vortanzer -conductor del baile-, el cual tiene siempre por pareja a una de las damas de la servidumbre de la emperatriz. Este cargo de conductor del baile, como si dijéramos, es muy codiciado, pues depende de la exclusiva decisión del emperador, quien solo nombra dos Vortanzers, uno entre los tenientes que más se distinguen en el regimiento de Guardias de Corps y otro del primer regimiento de Guardias de a pie.
Por ejercer este cargo los Vortanzers no reciben gratificación alguna, siendo su única ventaja la amistad personal del emperador y el estar exentos, mientras dicho cargo palatino les dure, de todo servicio militar.
No se crea por esto que el ser Vortanzer es un empleo desocupado, pues no solamente deben dirigir los bailes de corte, sino todos aquellos del elemento oficial como son los que se celebran en los ministerios y en las embajadas, estando además obligados a aceptar las invitaciones que para ellos les dirigen los principales personajes de la corte cuando celebran alguna fiesta en sus moradas. Puede decirse que durante la época de los bailes en Berlin los Vortanzers no se dan punto de reposo, pues como sus respectivos regimientos residen en Potsdam, al salir de un baile tienen que tomar el primer tren que parte de Berlín para descansar tan solo las horas de día.
Es también obligación del Vortanzer cuidar de que no haya en el salón de baile más parejas de las que holgadamente puedan moverse, como también indicar cuántas vueltas pueden darse, a fin de no poner ante los ojos de aus majestades el espectáculo poco grato de unos bailarines sudorosos y jadeantes, con algún desorden en la toilette femenina. Por último, debe atender a que toda señorita que desee bailar encuentre pareja adecuada, encargándose él mismo de presentarla.
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Los príncipes de la casa real hacen por sí mismos las invitaciones a la señorita con la cual desean dar unas vueltas de vals o bailar un rigodón; no así las princesas, quienes comisionan para este objeto a uno de los gentiles hombres de guardia.
El príncipe heredero y el príncipe Eitel Fritz han aprendido admirablemente a bailar, y su afición y su juventud contribuyen a dar a las fiestas palatinas un tono muy marcado de animación, a pesar de la severidad de las leyes de etiqueta.
Ningún baile de Palacio, por grande que sea, se termina después de la una de la madrugada. Lo último que se baila es una polonesa, dirigida por los dos Vortanzers, y en el curso de esta danza cada pareja tiene que pasar por delante de los sitiales de sus majestades, haciendo a los soberanos una ceremoniosa reverencia para darles gracias por la hospitalidad recibida. Terminada esta polonesa, la familia imperial, seguida de su alta servidumbre, abandona la sala de baile, llamada el Salón Blanco, la orquesta cesa en sus acordes y los invitados se retiran con el mayor orden.
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