El servicio más amargo.
Don Juan Carlos conversa en noviembre de 1995 con el vizconde de Almansa, quien ha sido su mano derecha durante la última década.

Es verdad que el noviazgo roto del Príncipe con Sannum está detrás del relevo de Almansa como jefe de la Casa del Rey. Pero es mentira que haya sido la razón de su retirada.
Don Juan Carlos conversa en noviembre de 1995 con el vizconde de Almansa, quien ha sido su mano derecha durante la última década Los jefes de las casas reales sólo abandonan su puesto por dos motivos: porque se mueren o porque les matan». Este es el diagnóstico de un hombre muy acostumbrado a ver de cerca la complicadísima tarea entre los reyes y los ciudadanos, entre los reyes y sus gobiernos, entre los reyes y sus familias que tienen que desempeñar quienes están al frente de una de las Casas reinantes en Europa: «O se mueren o les matan».
Fernando Almansa, jefe de la Casa del Rey de España, es la excepción. Ni ha sido en absoluto ejecutado por el Rey, ni se ha muerto del todo por más que él también lleve, como sus predecesores, muchas cicatrices que le van a recordar para siempre los decisivos, agotadores y arriesgadísimos momentos que ha logrado superar a lo largo de sus 10 años de tarea. El cuarto jefe de la Casa del Rey parece haber inaugurado, con el anuncio de su retirada a finales de año, una «tercera vía»: la salida por la puerta principal, justo a tiempo de preservar su último aliento, y después de haberse dejado alma y vida en una tarea extenuante.
Ahora, con esas reservas que ha conseguido no quemar en el altar del Estado, se dispone a iniciar una nueva etapa personal. «Entré aquí con 44 años y voy a salir con 54, ahora tengo canas, tengo tres hijas, dos de ellas viven en casa, soy abuelo, estoy viudo...creo que tengo cierto derecho a recuperar mi vida, quisiera sentirme más libre... aún me queda un poco de tiempo». El católico y monárquico Almansa desgrana pausadamente, como pasando las cuentas de un rosario, las razones de su retirada. Y, aunque él no lo menciona, sus amigos sí: «Cobra poco dinero, alrededor de 14 millones de pesetas al año, más o menos la mitad de lo que percibe un embajador en un buen puesto».
Fernando Almansa se esfuerza por hacernos comprender que éstos, y no otros, son los motivos de una decisión que el Rey ha tomado después de varias conversaciones, estrictamente privadas, con quien le ha servido a él, a la Familia Real, al Gobierno y al Estado, a todos al mismo tiempo, durante la última década.
Pero la explicación del diplomático no es del todo cierta. Por lo menos no es completa. Es verdad que el noviazgo, nunca reconocido oficialmente pero sí públicamente roto por el propio Príncipe de Asturias ante una decena de informadores, está detrás de la salida de Almansa al frente de la Casa. Pero es mentira que ésta haya sido la razón de su retirada. Así son las cosas de palacio.
«Recuerde el Príncipe que los "monárquicos de toda la vida" serán los primeros en reprocharle su primer paso en falso y Dios no quiera que sea el de su matrimonio. Yo mismo, monárquico genético por no decir endémico, consideraría un error grave una boda que nos pusiera a la altura de los ingleses y quizás empezaría a calibrar las posibilidades de una República que me ahorraría tener que reverenciar a una reina equivocada. Por lo menos, con la República podría despacharme a gusto».
Es José Luis de Vilallonga, autor del libro de conversaciones con Don Juan Carlos de Borbón, El Rey, en el que éste habla por primera vez en primera persona de su vida, de sus experiencias personales, institucionales y políticas, quien publica en ABC el artículo titulado Los deberes de un Príncipe y cuyo último párrafo es el que se reproduce aquí.
Es viernes 20 de abril de 2001, una fecha que bien podría pasar a la historia de la Familia Real española porque ese día se alza por primera vez públicamente una voz autorizada contra la relación, quizá noviazgo, que el Príncipe Felipe, heredero de la Corona española, mantiene con la modelo noruega Eva Sannum.
Para entonces, Don Felipe ya vivía más que confundido: no era capaz de saber de dónde procedían las noticias, que bien pudieran considerarse advertencias, cuando no chivatazos a la opinión pública española, que habían destapado hace ya meses, fotos incluidas, su relación con la joven noruega. Cuando el Príncipe lee el artículo de Vilallonga, su desconcierto se traduce en abierta perplejidad: «¿Pero esto qué es, qué está pasando aquí?».
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